martes, 21 de junio de 2011

Los gallinazos sin plumas, un cuento de Julio Ramón Ribeyro Zúñiga



Julio Ramón Ribeyro Zúñiga (1929-1994)







Los gallinazos sin plumas se constituye como un relato muy importante de nuestra narrativa peruana de la década de 1950. El texto nos describe la situación de pobreza de dos niños que sufren la explotación de un abuelo. En este contexto, la métafora del título queda explícita y es entendida por ese lector que reconoce el sufrimiento por la miseria extrema descrita en el texto. 
Ribeyro no hace más que consagrarse con este relato como un autor que conoce el sufrimiento humano y nos comparte su frustración de no poder cambiar esta situación; sin embargo, la literatura se conformó como su mejor forma de expresar su incertidumbre sobre el futuro.


Los invito a conocer una historia que aún se repite en la vida real de cualquier país.

Los gallinazos sin plumas


 A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas[1] se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos[2], macerados[3] por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro, armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas[4] morados de frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.

A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear[5]:
– ¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!
Los dos muchachos corren a la acequia[6] del corralón[7] frotándose los ojos legañosos[8]. Con la tranquilidad de la noche el agua se ha remansado[9] y en su fondo transparente se ven crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios[10]. Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al chiquero[11] y con su larga vara[12] golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los desperdicios.
¡Todavía te falta un poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.
Efraín y Enrique se demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo piedras, de aquellas filudas[13] que cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo aún la hora celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes que desemboca en el malecón.
Ellos no son los únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se han levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a veces sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse forman una especie de organización clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean[14] por los edificios públicos, otros han elegido los parques o los muladares[15]. Hasta los perros han adquirido sus hábitos, sus itinerarios, sabiamente aleccionados por la miseria.
Efraín y Enrique, después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera[16] de la calle. Los cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos íntegramente y luego comenzar la exploración. Un cubo de basura es siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos de pan, pericotes[17] muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesa los restos de comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe cualquier cosa y tiene predilección por las verduras ligeramente descompuestas. La pequeña lata de cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas salsas que no figuran en ningún manual de cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo[18] valioso. Un día Efraín encontró unos tirantes con los que fabricó una honda[19]. Otra vez una pera casi buena que devoró en el acto. Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes, las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que colecciona con avidez.
Después de una rigurosa selección regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene demorarse mucho porque el enemigo siempre está al acecho[20]. A veces son sorprendidos por las sirvientas y tienen que huir dejando regado[21] su botín[22]. Pero, con más frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y entonces la jornada está perdida.
Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.
Don Santos los esperaba con el café preparado.
–A ver, ¿qué cosa me han traído?
Husmeaba[23] entre las latas y si la provisión estaba buena hacía siempre el mismo comentario:
– Pascual tendrá banquete hoy día.
Pero la mayoría de las veces estallaba:
– ¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se morirá de hambre!
Ellos huían hacia el emparrado[24], con las orejas ardientes de los pescozones[25], mientras el viejo se arrastraba hasta el chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruñir. Don Santos le aventaba la comida.
– ¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros[26]. Ellos no te engríen como yo. ¡Habrá que zurrarlos[27] para que aprendan!
Al comenzar el invierno el cerdo estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le parecía poco y don Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a levantarse más temprano, a invadir los terrenos ajenos en busca de más desperdicios[28]. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que estaba al borde del mar.
– Allí encontrarán más cosas. Será más fácil además porque todo está junto.
Un domingo, Efraín y Enrique llegaron al barranco[29]. Los carros dela Baja Policía, siguiendo una huella de tierra, descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el malecón[30], el muladar formaba una especie de acantilado[31] oscuro y humeante, donde los gallinazos[32] y los perros se desplazaban como hormigas.  Desde lejos los muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retiró aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos comenzaron la exploración. A veces, bajo un periódico amarillento, descubrían una carroña[33] devorada a medios. En los acantilados próximos los gallinazos espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra, como si quisieran acorralarlos. Efraín gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en el desfiladero[34] y hacían desprenderse guijarros[35] qne rodaban hacía el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón conlos cubos llenos.
– ¡Bravo! – exclamó don Santos –. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.
Desde entonces, los miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el muladar. Pronto formaron parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos, acostumbrados a su presencia, laboraban a su lado, graznando, aleteando, escarbando con sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir ]a pista de la preciosa suciedad.
Fue al regresar de una de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie. Un vidrio e había causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no obstante lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron no podía casi caminar, pero Don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un hombre gordo que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.
– Dentro de veinte o treinta días vendré por acá – decía el hombre –. Para esa fecha creo que podrá estar a punto.
Cuando partió, don Santos echaba fuego por los ojos.
– ¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual!
El negocio anda sobre rieles.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no se pudo levantar.
– Tiene una herida en el pie – explicó Enrique –. Ayer se cortó con un vidrio.
Don Santos examinó el pie de su nieto. La infección había comenzado.
– ¡Esas son patrañas[36]! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
– ¡Pero si le duele! – intervino Enrique –. No puede caminar bien.
Don Santos meditó un momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos[37] de Pascual.
– Y, ¿a mí? – preguntó dándose un palmazo en la pierna de palo –. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo tengo setenta años y yo trabajo... ¡Hay que dejarse de mañas[38]!
Efraín salió a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora después regresaron con los cubos casi vacíos.
– ¡No podía más! – dijo Enrique al abuelo –. Efraín está medio cojo[39].
Don Santos observó a sus dos nietos como si meditara una sentencia.
– Bien, bien – dijo rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó[40] hacia el cuarto –. ¡Los enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!
Cerca de mediodía Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño visitante: un perro escuálido y medio sarnoso[41].
– Lo encontré en el muladar – explicó Enrique – y me ha venido siguiendo.
Don Santos cogió la vara.
– ¡Una boca más en el corralón!
Enrique levantó al perro contra su pecho y huyó hacia la puerta.
– ¡No le hagas nada, abuelito! Le daré yo de mi comida.
Don Santos se acercó, hundiendo su pierna de palo en el lodo.
– ¡Nada de perros aquí! ¡Ya tengo bastante con ustedes!
Enrique abrió la puerta de la calle.
– Si se va él, me voy yo también.
El abuelo se detuvo. Enrique aprovechó para insistir:
– No come casi nada..., mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo, me ayudará. Conoce bien el muladar y tiene buena nariz para la basura.
Don Santos reflexionó, mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la .vara, cogió los cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.
Enrique sonrió de alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.
– ¡Pascual, Pascual... Pascualito! – cantaba el abuelo,
– Tú te llamarás Pedro – dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde Efraín.
Su alegría se esfumó: Efraín inundado[42] de sudor se revolcaba[43] de dolor sobre el colchón. Tenía el pie hinchado, como si fuera de jebe[44] y estuviera lleno de aire. Los dedos habían perdido casi su forma.
– Te he traído este regalo, mira – dijo mostrando al perro –. Se llama Pedro, es para ti, para que te acompañe... Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el día. Le enseñarás a que te traiga piedras en la boca.
            ¿Y el abuelo? – preguntó Efraín extendiendo su mano hacia el animal.
– El abuelo no dice nada – suspiró Enrique.
Ambos miraron hacia la puerta. La garúa[45] había empezado a caer. La voz del abuelo llegaba:
– ¡Pascual, Pascual... Pascualito!
Esa misma noche salió luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se ponía intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón, hablando solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos se aproximaba al cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se acurrucaba[46] y quedaba inmóvil como una piedra.
– ¡Mugre, nada más que mugre! – repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.
A la mañana siguiente Enrique amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada, no dijo nada. En el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique enfermaba, ¿quién se ocuparía de Pascual? La voracidad[47] del cerdo crecía con su gordura. Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del corralón de Nemesio, que vivía a una cuadra, se habían venido a quejar.
Al segundo día sucedió lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la mañana lo sorprendió temblando, quemado por la fiebre.
– y Tú también? – preguntó el abuelo.
Enrique señaló su pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos después regresó.
– ¡Está muy mal engañarme de esta manera! – plañía[48] –. Abusan de mí porque no puedo caminar. Saben bien que soy viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo y me ocuparía yo solo de Pascual!
Efraín se despertó quejándose y Enrique comenzó a toser.
– ¡Pero no importa! Yo me encargaré de él. ¡Ustedes son basura, nada más que basura! ¡Unos pobres gallinazos sin plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está fuerte todavía. ¡Pero eso sí, hoy día no habrá, comida para ustedes! ¡No habrá comida hasta que no puedan levantarse y trabajar!
A través del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse[49] en la calle. Media hora después regresó aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo había ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.
¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!
Al día siguiente trató de repetir la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo había perdido la costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que daba era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del tercer día quedó desplomado en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.
– ¿Si se muere de hambre – gritaba – será por culpa de ustedes!
Desde entonces empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y después de hacer un recorrido por el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces. A mediodía se arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito creyendo así hacer más refinado su castigo.
Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo extraño y al mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo y salía al corralón. A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por último reingresaba en su cuarto y quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.
La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído decir que los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los hombres. El abuelo permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no salió al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la puerta. Parecía amasar[50] dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un rugido:
¡Arriba, arriba, arriba! – los golpes comenzaron a llover –. ¡A levantarse haraganes[51]! ¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!...
Efraín se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo parecían fascinarlo hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin pudo reaccionar.
– ¡A Efraín no! ¡El no tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!
El abuelo se contuvo jadeante. Tardó mucho en recuperar el aliento.
– Ahora mismo... al muladar... lleva los dos cubos, cuatro cubos...
Enrique se apartó, cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la convalecencia lo hacían trastabillar[52]. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso seguirlo.
– Tú no. Quédate aquí cuidando a Efraín.
Y se lanzó a la calle respirando a pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas, estuvo a punto de mascar la tierra.  Todo lo veía a través de una niebla mágica. La debilidad lo hacía ligero, etéreo: volaba casi como un pájaro. En el muladar se sintió un gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron rebosantes[53] emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas descalzos, todas las secreciones del alba comenzaban a dispersarse por la ciudad. Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo de perros y fantasmas, tocado por la hora celeste.
Al entrar al corralón sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si allí, en el dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios[54], como si toda la violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse[55]. El abuelo, parado al borde del chiquero, miraba hacia el fondo. Parecía un árbol creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.
– ¡Aquí están los cubos!
Don Santos le volvió la espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió intrigado hasta el cuarto. Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:
– Pedro... Pedro...
– ¿Qué pasa?
– Pedro ha mordido al abuelo... el abuelo cogió la vara... después lo sentí aullar.
Enrique salió del cuarto.
– ¡Pedro, ven aquí! ¿Dónde estás, Pedro?
Nadie le respondió. El abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo un mal presentimiento[56]. De un salto se acercó al viejo.
– ¿Dónde está Pedro?
Su mirada descendió al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún quedaban las piernas y el rabo del perro.
– ¡No! – gritó Enrique tapándose los ojos –. ¡No, no! – y a través de las lágrimas buscó la mirada del abuelo. Este la rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo.  Enrique comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa, gritando, pataleando, tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
– ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?
El abuelo no respondía. Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde allí Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la mano encontró la vara que tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al viejo.
– ¡Voltea! – gritó – ¡Voltea!
Cuando don Santos se volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su pómulo.
– ¡Toma! – chilló Enrique y levantó nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi arrepentido. El viejo, cogiéndose el rostro, retrocedió un paso, su pierna de palo tocó tierra húmeda, resbaló[57], y dando un alarido se precipitó de espaldas al chiquero.
Enrique retrocedió unos pasos. Primero aguzó[58] el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se fue aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el fango. Tenía la boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se había refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo.  Enrique se fue retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo alcanzó a divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.
¡ A mí, Enrique, a mí!...
– ¡Pronto! – exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano –¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha caído al chiquero! ¿Debemos irnos de acá!
– ¿Adónde? – preguntó Efraín.
– ¿Adonde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!
– ¡No me puedo parar!
Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula[59].
Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla.
  
[1] Beato: Se aplica a la persona que ha sido beatificada o se aplica a la persona exagerada en las prácticas religiosas, o de religiosidad afectada.
[2] Noctámbulo: Se dice del que desarrolla durante la *noche la actividad que, ordinariamente, se desarrolla durante el día.
[3] Macerar: Ablandar una cosa golpeándola, estrujándola o teniéndola a remojo.
[4] Canilla: Cualquier hueso largo y delgado de la pierna o brazo.
[5] Berrear: Emitir su voz propia un becerro u otro animal que la tenga semejante; se dice también del elefante.
[6] Acequia: Zanja para conducir el agua.
[7] Corral: Cercado más grande donde se tiene ganado de cualquier clase.
[8] Legaña: Acumulación pastosa o seca de secreción de la mucosa y de las glándulas de los párpados en los bordes de éstos y, particularmente, en los ángulos que forman.
[9] Remansado: Formar un remanso.  Remanso: Lugar de una corriente, por ejemplo de la de un río, donde se hace más lenta o donde el agua queda quieta o casi quieta.
[10] Infusorio: Protozoario provisto de pestañas vibrátiles; abunda en las infusiones de hojas.
[11] Chiquero: Choza donde se guardan por la noche los cerdos.
[12] Vara: Rama delgada de un árbol o un arbusto, limpia de hojas.
[13] Filudo: De filo muy agudo.
[14] Merodear: Ir repetidamente a un sitio sin un objetivo definido, o vagar por un sitio, para observar, explorar, espiar o curiosear, o en busca de algo.
[15] Muladar: Lugar donde se amontona estiércol.  Fig.: sitio sucio o moralmente corrompido.
[16] Acera: Orilla pavimentada algo más alta que el piso de la calle, destinada al paso de peatones.
[17] Pericote: Rata grande del campo.
[18] Hallazgo: Cosa encontrada, particularmente, una cosa muy conveniente que se adquiere o encuentra.
[19] Honda: Utensilio formado por una tira, generalmente de cuero, o por una cuerda con un trozo de cuero fijo, se usa para lanzar piedras.
[20] Al acecho: Vigilando en espera de algo.
[21] Regado: Esparcido.
[22] Botín de Guerra: conquista, despojos, presa, trofeo.
[23] Husmear: Rastrear con el olfato.
[24] Emparrado: Armazón de barras, palos, etc., destinada a sostener una parra u otra planta trepadora o sarmentosa.
[25] Pescozón: Cachete dado en el pescuezo.
[26] Zamarro: Se aplica a persona callada y aparentemente sumisa e ignorante, pero con picardía o astucia y que hace lo que le conviene.
[27] Zurrar: Dar golpes repetidos a alguien para hacerle daño.
[28] Desperdicio: Parte no aprovechable de una cosa o lo que queda de una cosa después de utilizar una parte de ella: ‘Desperdicios de comida [de papel]’.
[29] Barranco: «Abismo. Derrumbadero. Precipicio. Sima. Tajo». Corte profundo en el terreno o pendiente abrupta.
[30] Malecón: Muralla o terraplén que se hace para que sirva de defensa contra las aguas.
[31] Acantilado: Corte vertical en el terreno, particularmente en la costa.
[32] Gallinazo: Ave rapaz diurna del tamaño de una gallina, que se alimenta de carne muerta y despide olor repugnante.
[33] Carroña: Carne podrida, particularmente la de un animal muerto y abandonado en el campo.
[34] Desfiladero: Paso estrecho entre montañas.
[35] Guijarro: Piedra pequeña redondeada por la erosión.
[36] Patraña: Enredo o embuste; cosa falsa que se cuenta como verdadera; particularmente, cuando la falsedad es muy grande y hay mucha complicación de sucesos.
[37] Gruñido: Sonido emitido por el cerdo u otros animales que tienen *voz semejante.
[38] Mañas: Acciones realizadas con astucia y engaño para conseguir algo.
[39] Cojo: Se aplica a una persona o animal al que le falta un pie o pierna o los tiene defectuosos, por lo que anda imperfectamente..
[40] Arrear: Estimular a las caballerías.
[41] Sarnoso: Se aplica al animal con una enfermedad de la piel.
[42] Inundar: Cubrir un lugar de agua.
[43] Revolcarse: Echarse en el suelo o en un sitio sucio y dar vueltas en o sobre él.
[44] Jebe: Caucho.
[45] Garúa: Llovizna.
[46] Acurrucarse: Ponerse doblado y encogido, ocupando el menos espacio posible, para esconderse, para librarse del frío, etc.
[47] Voracidad: Se aplica a personas y animales y, correspondientemente, al hambre o la manera de comer. Se dice del que come mucho y con avidez.
[48] Plañir: Llorar y quejarse en voz alta.
[49] Volcarse: Poner una persona el máximo interés y esfuerzo para conseguir cierta cosa.
[50] Amasar: Mover y apretar una masa hasta que toma la consistencia y homogeneidad convenientes, la masa del pan.
[51] Haragán: Se aplica al que rehuye el trabajo.
[52] Trastabillar: Vacilar o tambalearse.
[53] Rebosante: Derivados de significado deducible del de «rebosar»: ‘Un jarro rebosante de cerveza. Un padre rebosante de orgullo. La espuma rebosante de la copa’.
[54] Presagio: Señal que anuncia suerte o desgracia. Se le aplican los adjetivos «bueno, malo, favorable, desfavorable, propicio, adverso» y semejantes, referidos a la cosa anunciada.
[55] Desplomarse: Caer pesadamente una cosa cualquiera por cualquier causa.[56] Presentimiento: Sensación íntima e indefinible de que va a ocurrir algo bueno o malo.
[57] Resbalar: Caer una cosa lentamente por un sitio.  Particularmente, «las lágrimas por las mejillas».
[58] Aguzar: «Avivar». Aplicado a «entendimiento, inteligencia, atención, oído, vista», etc., aplicarlos con intensidad para percibir con ellos lo más posible.
[59] Mandíbula: Cada una de las dos piezas córneas que forman el pico de las aves.
Imagen desde amautaspanish.com

martes, 7 de junio de 2011

Ollanta Humala es el nuevo presidente de Perú. Diario Perú 21 lo predijo al revés.

El diario Perú 21 se parcializó con la candidata de la derecha y manipuló a los peruanos mediante la difusión de cifras de popularidad que no se comprobaron en la elección del domingo cinco de junio.
Recordemos la portada  del 23 de mayo:
 La portada del 26 de mayo es paradójica, pues los resultados son muy próximos a lo contrario que ocurrió. 
 Esa paradoja se comprueba en la siguiente portada del diario El Comercio al día siguiente de la elección (06/6/2011).


Sin embargo, el mismo 6 de junio, un afectado Perú 21 difunde un titular de incertidumbre mediante el verbo "iría". Además el titular periodístico no informa objetivamente, pues el " ir a Palacio" es común a cualquier persona que lo desee vistar y no precisa ni informa en portada la diferencia porcentual con respecto a la otra candidata.
Nada parcializados.


Perú 21 contra el candidato presidencial Ollanta Humala

Portada del 25/05/2011

Portada del 1/06/2011. A cuatro días de las elecciones.

 Portada del 2/06/ 2011. A tres días.
 Portada del 3/06/ 2011. A dos días

Portada del 4/06/ 2011. Un día antes de las elecciones



Perú 21, El Comercio, América TV y Canal N son parte de un mismo consorcio que ha utilizado la prensa para defender sus intereses económicos mediante la difusión de información parcializada. Los peruanos merecemos una prensa con un punto de vista objetivo.

El diario Perú 21 difundió su total oposición hacia la candidatura de Ollanta Humala. Quizá el mayor temor de la prensa, que defiende los intereses de la clase alta del país, sea el de perder  el manejo informativo con libertad. Sin embargo, la actitud con la que se ha difundido esta campaña de oposición periodística solo muestra que sí hace falta pautar la libertad de prensa, pues lo que existe es un una manipulación de la información para el beneficio de la clase alta y el costo es un pueblo informado inadecuadamente o expuesto a intereses particulares.



Portada del 5/06/ 2011. El mismo día de la elección


Salto al vacío
La última portada es la más descarada - y no lo digo por la imagen poco pertinente para un día de elección presidencial de la señorita en biquini. El expresidente Toledo pregonaba en la primera vuelta que votar por Humala sería un "salto al vacío"; lo dijo en cada entrevista que tuvo.
A la portada del mismo día de las elecciones solo le faltó decir como PPK: "No vote por Ollanta Humala".

¿Esta es la libertad de prensa que cumple su función de informar objetivamente a los peruanos?

lunes, 6 de junio de 2011

Pobreza y desigualdad: Tareas inaplazables

Hace unos días Macroconsult elaboró un interesante balance socio-económico de los resultados electorales de la primera vuelta. Como parte de dicho informe se obtuvo el cálculo de la distribución de ingresos a nivel familiar para el país en 2004 y 2009. Uno de los resultados relevantes es que en 2009 solo 14 de cada 100 hogares tienen ingresos mayores a S/. 3,000 mensuales. Dos son las ideas-fuerza (a manera de hipótesis) que pueden desprenderse de este reporte. En primer lugar que si bien la pobreza monetaria se ha reducido, la mayoría de la población se encuentra justo por encima de la línea de pobreza. Es decir que la población que ha dejado de ser pobre, ha dejado de serlo “con las justas”. Por lo tanto, el objetivo de paliar la pobreza se ha obtenido, mas no el de llevar adelante una transición desde programas asistencialistas y la “inercia” del crecimiento hacia programas productivos y la provisión efectiva por parte del Estado de bienes y servicios públicos de calidad (Salud, Educación, Infraestructura, etc.) que no solo morigeren, sino que erradiquen la pobreza en el país. Una cosa es atenuar y otra es erradicar, no confundamos lo verbos. Veamos ahora lo concerniente a la variable desigualdad. De acuerdo a los resultados¹, en 2004 el ingreso del grupo más pudiente era 24 veces el ingreso del grupo con menores ingresos, ¿cuál fue el resultado en 2009? 24 veces. Ni más, ni menos. En conformidad a esta métrica la desigualdad de ingresos en el país no se redujo en 5 años. Si complementamos este resultado con el obtenido por el Grupo de Análisis para el Desarrollo (GRADE) que corrige el problema del reporte de la información con el uso de las cuentas nacionales, entonces quedan en tela de juicio los “exitosos” resultados en torno a la reducción de la desigualdad del vigente modelo económico. No nos dejemos sorprender.

 Entonces, ¿cómo erradicar la pobreza y reducir asimetrías en el país? Al respecto el profesor Ravallion en un estudio pone en discusión el asunto de la distribución económica –centrando el análisis en el tema tributario- como instrumento para eliminar la pobreza en los países subdesarrollados. Ravallion enfatiza que el carácter progresivo en la tributación (donde pagan más impuestos los que más tienen) no es el dominante en los países subdesarrollados, sino que son los impuestos indirectos y sus impactos distributivos negativos. Por ejemplo, para el caso peruano en 2010 del total de ingresos tributarios del Gobierno Central el 64% correspondieron a impuestos indirectos (consumo, importación, etc.) y solo el 36% a directos. Asimismo, en el estudio, Ravallion desarrolla el cálculo del impuesto² que se necesitaría aplicar sobre la población rica para cubrir la brecha de pobreza³ de una economía. Para el caso peruano, se encuentra que para cerrar la brecha de pobreza (concebida como la población que vive con menos de US$ 2 diarios) se necesitaría aplicar una tasa impositiva de 4.72% en la población más rica. Si bien hay que actualizar este cálculo, es indudable su utilidad como punto de referencia. Para concluir, la erradicación de la pobreza y reducción de la desigualdad son tareas pendientes en el país. Una alternativa que no se ha puesto en práctica ante esta situación es la aplicación de una reforma tributaria que no solo garantice los necesarios mayores recursos para el Estado, sino que a la par promueva una mayor equidad en el país. Ambas son tareas impostergables que desde el 29 de julio el próximo gobierno debe asumir. ¹ En conformidad al comentario del profesor Yamada. Revisar diario Gestión del 18.05.11. ² Nos referimos a la tasa de impuesto marginal. ³ Ravallion realiza el cálculo para la brecha de pobreza de individuos que perciben ingresos diarios menores a US$1.25



martes, 24 de mayo de 2011

Estadio Nacional: 312 muertos un 24 de mayo de 1964


Por la clasificación a los  Juegos Olímpicos de Tokio 1964, la selección peruana de fútbol Sub 20 jugó contra  Argentina, a las 3:30 p.m., en el Estadio Nacional. El equipo visitante anotó el primer gol y cuando nuestra selección produjo el empate, el árbitro Ángel Eduardo Pazos determinó anularlo.

Los fanáticos no aceptaron la anulación. Víctor Vásquez, conocido como el “Negro Bomba” y

Edilberto Cuenca fueron los hinchas que ingresaron a la cancha e iniciaron lo que fue la peor tragedia en un ambiente deportivo para el Perú. Todo el público del estadio se alborotó.
La desesperada medida policial: arrojar bombas lacrimógenas contra el público originó la huida; sin embargo, las aún cerradas puertas de salida fueron la trampa mortal. El resultado fue la muerte de 312 personas, sobre todo, por asfixia.

Los protagonistas
El primer hincha fue llevado a El Frontón y el segundo fue muy golpeado por la Policía.

El árbitro dejó el país durante la madrugada.

El comandante de la Policía Jorge de Azambuja declaró : “Yo ordené lanzar bombas lacrimógenas a las tribunas. No puedo precisar cuántas. Nunca imaginé las nefastas consecuencias”. Él fue reconocido como el culpable principal en 1971. 


Hoy el estadio luce renovado y aunque parezca otro, esta noticia es imborrable. Hace 47 años la indisciplina fanática y la arbitrariedad policial complotaron mortalmente. Hoy estos cómplices aún siguen sin mejorar y no sé cuál de los dos es peor.
Sin duda este hecho es un referente de lo que se debe prevenir para no volverse a lamentar.

Fuente: El Comercio

martes, 17 de mayo de 2011

Mayo: mes de la propiedad intelectual


Expreso mi saludo y felicitación por el evento organizado por la Universidad Peruana Cayetano Heredia en pos de la protección de la propiedad intelectual. Para este fin, muy distinguidas autoridades universitarias de la investigación, entre otras, expondrán sus experiencias. Sin duda, es una oportunidad imperdible para conocer más sobre el tema mencionado.
La conferencia será este 19 de mayo de 3p.m. a 6 y 20 p.m. en la Casa Honorio Delgado, calle Armendáriz 445. Teléfono 3190000 anexo 2258, 2271, 2542.
Aprecien el cronograma de actividades en el siguiente enlace

 

sábado, 14 de mayo de 2011

Documental Marca Perú




Admirable. Felicito a los organizadores y a los peruanos participantes. En mi labor docente, utilizo el video como recurso didáctico para fomentar el amor por nuestro país mediante la identificación de los ejemplos de peruanidad que se muestran en el video. No me canso de verlo.

domingo, 1 de mayo de 2011

Carta por el Día del Trabajo


Estimados compañeros de trabajo:

Les expreso mi especial saludo por este día en el que se revalora la acción del trabajador. 
Será importante reflexionar sobre las diversas formas de empleo, sobre todo las más sacrificadas que hasta pueden causar la muerte del trabajador, por ejemplo los mineros.
Y quién saluda por este día al vendedor ambulante, al chofer o cobrador de combi, al lustrabotas, al que vende periódicos, al que lava autos, al carpintero...¿Consideramos trabajos a estos llamados oficios? Trabajar es ocuparse de cualquier actividad física o intelectual. Por lo dicho, considero trabajador a todo aquel que se encarga de una labor, y lo implícito es que asumamos con responsabilidad y dedicación nuestro rol laboral.

Nuestra labor es especial, pues nuestro trabajo es, en esencia, interpersonal; el desarrollo educativo y humano de nuestros estudiantes es nuestro trabajo.
A diferencia de un trabajo industrial de producción de piezas en serie en el que se sustituye la pieza defectuosa, nosotros no sustituimos al alumno; nosotros perseveramos y fomentamos una reflexión de su actitud y lo guiamos por la senda del estudio y de la responsabilidad.
Hoy, aprovecho para agradecerles su dedicación y constancia en esta noble labor cuyo trabajo es el ofrecer parte de su vida, diariamente, en pos de mejorar a los demás, pero sin descuidar el ser mejores también. Sintámonos felices por trabajar; laboremos con gusto y amor por lo que hacemos. El trabajar le otorga un sentido muy especial a nuestras vidas.

Finalizo este breve mensaje con un apretón de manos para cada uno.
Muchas gracias por apostar por el trabajo. 

viernes, 15 de abril de 2011

El collar, un cuento de Maupassant


El collar


Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y aceptó entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.
No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes señoras.

Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su feaindumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignación.
La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.
Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacción: "¡Ah! ¡Qué buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!", pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves extrañas dentro de un bosque fantástico; pensaba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán.
No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!
Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia, porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena, de pesar, de desesperación.
Una mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.
-Mira, mujer -dijo-, aquí tienes una cosa para ti. Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía: "El ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio."
En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tiró la invitación sobre la mesa, murmurando con desprecio: -¿Qué haré yo con eso?
-Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción. ¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasión que hoy se te presenta!... Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitación. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Verás allí a todo el mundo oficial.
Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:
-¿Qué quieres que me ponga para ir allá?
No se había preocupado él de semejante cosa, y balbució:
-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito...
Se calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.
El hombre murmuró:  -¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede?
Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas:
-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.
Él estaba desolado, y dijo: -Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones, un traje sencillito?
Ella meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de asombro del empleadillo.
Respondió, al fin, titubeando: -No lo sé con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría. El marido palideció, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos. Dijo, no obstante: -Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más posible, ya que hacemos el sacrificio. El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche: -¿Qué te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.
Y ella respondió  -Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustaría más no ir a ese baile.
-Ponte unas cuantas flores naturales -replicó él-. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas. Ella no quería convencerse.
-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.
Pero su marido exclamó: -¡Qué tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.
La mujer dejó escapar un grito de alegría. -Tienes razón, no había pensado en ello.
Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.
La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo a la señora de Loisel: -Escoge, querida.
Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:
-¿No tienes ninguna otra?
-Sí, mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.
De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su corazón empezó a latir de un modo inmoderado.
Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con él su cuello, y permaneció en éxtasis contemplando su imagen.
Luego preguntó, vacilante, llena de angustia:
-¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.
-Sí, mujer.
Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro.
Llegó el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El ministro reparó en su hermosura.
Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya en nada más que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer.
Se fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito vacío, junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían mucho.
Él le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.
Loisel la retuvo diciendo: -Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche.
Pero ella no le oía, y bajó rápidamente la escalera. Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.
Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día. Los llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los Mártires, y entraron tristemente en el portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.
La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de repente dejó escapar un grito.
Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó: -¿Qué tienes? Ella se volvió hacia él, acongojada. -Tengo..., tengo... -balbució - que no encuentro el collar de la señora de Forestier. Él se irguió, sobrecogido: -¿Eh?... ¿cómo? ¡No es posible!
Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron. Él preguntaba:  -¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?
-Sí, lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio. -Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer. -Debe estar en el coche. -Sí. Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?
-No. Y tú, ¿no lo miraste? -No. Se contemplaron aterrados. Loisel se vistió por fin.
-Voy -dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.
Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida. Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada. Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar un anuncio ofreciendo una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrecérsele alguna esperanza.
Ella le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.
Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido averiguar nada.
-Es menester -dijo- que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo. Ella escribió lo que su marido le decía.
Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.
Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco años, manifestó:
-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se leía en su interior.
El comerciante, después de consultar sus libros, respondió:
-Señora, no salió de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para complacer a un cliente. Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, recordándola, describiéndola, tristes y angustiosos.
Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareció idéntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regateándolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil. Rogaron al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condición que les daría por él treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.
Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto. Y, efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres allá. Hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometió para toda la vida, firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.
Cuando la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto displicente:
-Debiste devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.
No abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra como una suerte. Si notara la sustitución, ¿qué supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían cambiado de intento?
La señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían... Despidieron a la criada, buscaron una habitación más económica, una buhardilla.
Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños, que ponía a secar en una cuerda; bajó a la calle todas las mañanas la basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a céntimo su dinero escasísimo. Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar tiempo. El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco céntimos la hoja. Y vivieron así diez años.
Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias. La señora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan festejada. ¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace falta para perderse o para salvarse!
Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba con un niño cogido de la mano.
Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qué no? Habíéndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha. Se puso frente a ella y dijo:  -Buenos días, Juana.
La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbució:
-Pero..., ¡señora!.., no sé. .. Usted debe de confundirse...
-No. Soy Matilde Loisel. Su amiga lanzó un grito de sorpresa.
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás! ...-¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias.... todo por ti...-¿Por mí? ¿Cómo es eso?
-¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?
-¡Sí, pero...-Pues bien: lo perdí...-¡Cómo! ¡Si me lo devolviste! -Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo. Comprenderás que representaba una fortuna para nosotros, que sólo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.
La señora de Forestier se había detenido. -¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío? -Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.
Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente impresionada, le cogió ambas manos:
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!... ¡Valía quinientos francos a lo sumo!... FIN

Investiga el significado de las palabras subrayadas y escribe una oración con aquella palabra.

martes, 15 de febrero de 2011

Sucesión de imágenes sobre El lenguaje


Crucigrama sobre los signos ortográficos

Aprende y diviértete mediante la resolución del crucigrama que a continuación podrás resolver.

 

 
  • Práctica lo aprendido.
  • Refuerza la teoría.
  • Ubica las palabras relacionadas con el tema.
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