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domingo, 22 de julio de 2012

El alfiler, un cuento modernista



Es un cuento de Ventura García Calderón

Una noche, "El borradito", empleado de la hacienda del simpático y arrogante Conrado Basadre, llegó cabalgando a toda prisa a la hacienda de don Timoteo Mondaraz diciendo que su patrón lo enviaba para informarle que Grimanesa (bella hija de don Timoteo y esposa de Conrado) había muerto la noche anterior.


Don Timoteo galopa desesperadamente hacia la hacienda de su yerno, cruzándose en el camino con un jinete que venía en loca carrera; era el administrador de la hacienda de Conrado. Al preguntarle a dónde iba, muy nervioso respondió que a buscar al cura para el entierro. 

Al llegar, don Timoteo embargado en inmenso dolor, pidió quedarse a solas con su hija muerta, la que estaba vestida con hábito y un gran crucifijo sobre el pecho .Al besar la cruz, quedó entreabierto el hábito, algo advirtió, aterrado y con repulsión se alejó del cadáver, y sin despedirse de nadie volvió a su hacienda.

Durante siete meses se encerró en su habitación, ni siquiera asistió al entierro, pasaba días enteros sin hablar con nadie, tampoco era visitado por su yerno.

Un día, inesperadamente se levantó de buen humor y propuso a su otra hija, Ana María ir a visitar la hacienda de su yerno viudo.

Así lo hicieron, Conrado quedó sorprendido de la belleza y el parecido que Ana María tenía con su hermana muerta, le obsequió bellos jazmines, luego la visita se repitió todos los domingos, surgiendo al poco tiempo el amor entre ellos.

Un día lunes, Conrado pide hablar a solas con el que fue su suegro, le expresó su deseo de casarse con su otra hija: Ana María, de pronto, el anciano se incorporó ágilmente y de una caja de hierro cerrada con candado, en silencio, sacó un largo alfiler de oro manchado de sangre negra; Conrado cayó de rodillas llorando y diciendo: ¡Grimanesa, mi Grimanesa! 

-Lo saqué del pecho de mi hija muerta, tú se lo clavaste, te fue infiel ¿verdad?, a lo que Conrado respondió afirmativamente. 

La infidelidad había sido con el administrador, que huyendo, se cruzó en el camino con el anciano.
Solemnemente, entregó el alfiler a Conrado diciéndole:

- ¡Si esta también te engaña, haz lo mismo! ¡Toma!,vete enseguida, no es bueno que alguien vea llorar al tremendo y justiciero don Timoteo Mondaraz.





Después de haberlo leído, deseo destacar la destreza literaria del autor. Ventura García Calderón (1886-1959) fue un escritor  modernista del Perú.
En este cuento apreciamos la narrativa fluida y la abrupta sucesión de situaciones que provocan un efecto cenestésico o de alternancia de sensaciones. Sin embargo, no me agrada completamente el alto contenido prejuicioso con el cual deja deformada la imagen del hombre andino, pues lo configura como un ser machista, insensible y partícipe de la violencia familiar, por ende, carente de escrúpulos. 
Es cierto que la literatura no es una representación fiel de la realidad, pero esta es su fuente y como receptores debemos tener presento ello para una adecuada interpretación.

Ustedes también pueden expresar sus comentarios.
Muchas gracias.
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sábado, 14 de abril de 2012

El niño de Junto al Cielo


Saludos a todos los lectores.

Los invito a leer este relato que está incluido en el libro Lima, hora cero (1954) del autor  Enrique Congrains Martín (Lima 1932- Bolivia 2009).
La pobreza y la ingenuidad son presentadas como inherentes a la gente provinciana, lo cual se constituye en las debilidades aprovechadas por los limeños. Una crítica directa al comportamiento discriminante cuya arista- en este cuento-es el engaño.


El niño de Junto al Cielo

Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar..., Pero, ¿no sería, más bien, que "aquello" había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.  ¿Por qué, por qué él? Su madre se había encogido de hombros al pedirle él, autorización para conocer la ciudad, pero después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó "aquello" junto al sendero que corría paralelamente a la pista.
Vacilante, incrédulo, se agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerables reales. ¿Cuántos reales, cuántos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba de un papel anaranjado que decía "diez" por sus dos lados.  Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de ese otro cerro cubierto de casas, Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete de su bolsillo para comprobar su indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él -se preguntaba- o era él, el que había ido hacia el billete?
Cruzó la pista y se internó en un terreno salpicado de basura, desperdicios de albañilería y excremento; llegó a una calle y desde allí divisó al famoso mercado, el Mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima...? La palabra le sonaba a hueco. Recordó: que su tío le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan grande que en la ella vivía un millón de personas,  ¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía unos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de cabezas y ahora, él con cada paso que daba iba internándose dentro de la bestia.
Se detuvo, miró y meditó: la ciudad, el Mercado Mayorista, los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes -algunas como él, otras no como él- y el billete anaranjado, quieto, dócil en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el "diez" por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba el "diez" en su rostro y en su conciencia. El "diez años" lo hacía sentirse seguro y confiado, pero sólo hasta cierto punto. Antes cuando comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos la meta, el horizonte, había sido fijado en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era todo. Esteban se sentía incompleto aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si cuando llegara a los quince. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete anaranjado. Estuvo dando algunas vueltas, atisbando dentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y ahora una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección, otros en otra y él, Esteban, con el billete anaranjado quedaba siempre al centro de todo, en el ombligo mismo.  Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir de las bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo. Bueno, había andado unas cuadras, y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía incesantemente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que también en la ciudad había seres humanos. ¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedó mirando mientras su mano dentro del bolsillo acariciaba el billete: -¡Hola, hombre! -Hola... -respondió Esteban susurrando, casi. El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió ser kaki en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e indefinidos.
-¿Eres de por acá? -le preguntó a Esteban. -Sí, este... -se aturdió y no supo cómo explicar que vivía en el cerro y que estaba en viaje de exploración a través de un millón de cabezas. -¿De dónde ah?- se había acercado y estaba frente a Esteban. Era más alto y sus ojos inquietos le recorrían de arriba abajo. -¿De dónde, ah? -volvió a preguntar.-De allá, del cerro- y Esteban señaló en la dirección en que había venido.-¿San Cosme?  Esteban meneó la cabeza negativamente. ¿Del Agustino?
-¡Sí, de ahí! -Exclamó sonriendo. Ese era el nombre, y ahora lo recordaba. Desde hacía meses cuando se enteró de la decisión de su tío de venir a radicarse en Lima, venía averiguando cosas de la ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado grande, tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que allí llegaban buques de otros países; que habían lugares muy bonitos, tiendas enormes, calles larguísimas.. ¡Lima…! Su tío había salido dos meses antes que ellos con el propósito de conseguir casa. Una casa. ¿En qué sitio será?, le había preguntado a su madre. Ella tampoco sabía. Los dos corrieron, y después de muchas semanas llegó la carta que ordenaba partir. ¡Lima...! ¿El cerro del Agustino, Esteban? Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La choza que su tío había levantado quedaba en el barrio de Junto al Cielo. Y Esteban era el único que lo sabía. -Yo no tengo casa ... -dijo el chico después de un rato. Tiro una bola contra la tierra y exclamó: -Caray, no tengo. -¿Dónde vives, entonces? -se animó a inquirir Esteban. El chico recogió la bola, la froto en su mano y luego respondió: -En el mercado, cuido la fruta, duermo a ratos ... - Amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y pregunto:
-¿Cómo te llamas tú?
-Esteban...
-Yo me llamo Pedro -tiró la bola al aire y la recibió en la palma de su mano-. Te juego, ¿ya Esteban?
Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguiéndose mutuamente. Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres junto a ellos, pasaron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego había terminado. Esteban no tenía nada que hacer junto a la habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de la acera. ¿A dónde, ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sentía más a gusto en compañía de Pedro, que estando solo. Dieron algunas vueltas. Más y más edificios. Más y más gentes. Más y más autos en las calles. Y el billete anaranjado seguía en el bolsillo. Esteban lo recordó.
-¡Mira lo que me encontré! -lo tenía entre sus dedos y el viento lo hacía oscilar levemente.
-¡Caray! -exclamo Pedro y lo tomó, examinando al detalle- ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste? -Junto a la pista, cerca al cerro -explicó Esteban. Pedro le devolvió el billete y se concentró un rato. Luego preguntó: -¿Qué piensas hacer, Esteban?
-No sé, guardarlos, seguro… -y sonrió tímidamente.
-¡Caray, yo con una libra haría negocios, palabras que sí! -¿Cómo?
Pedro hizo un gesto impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, muchísimas cosas. Su gesto podría interpretarse como una total despreocupación por el asunto -los negocios- o como una gran abundancia de posibilidades y perspectivas. Esteban no comprendió.
-¿Qué clase de negocio, ah? -¡Cualquier clase, hombre!- pateó una cáscara de naranja que rodó desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pasó un ómnibus que la aplanó contra el pavimento-. Negocios hay de sobra, palabra que sí. Y en unos dos días cada uno de nosotros podría tener otra libra en el bolsillo.  -¿Una libra más? -preguntó Esteban asombrándose.
-¡Pero claro, claro que sí...! -volvió a examinar a Esteban y le preguntó:
- ¿Tú eres de Lima? Esteban se ruborizó. No, él no había crecido al pie de las paredes grises, ni jugaba sobre el cemento áspero e indiferente. Nada de eso en sus diez años, salvo lo que ese día. -No, no soy de acá, soy de Tarma: llegué ayer…-¡Ah! -exclamó Pedro, observándolo fugazmente- ¿De Tarma, no? Había dejado atrás el mercado y estaban junto a la carretera. A medio kilómetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el barrio de Junto al Cielo, según Esteban. Antes del viaje en Tarma, se había preguntado: ¿Iremos a vivir en Miraflores, al Callao, a San Isidro, a Chorrillos, en cuál de esos barrios quedará la casa de mi tío? Habían tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y fatigante viaje arriban a Lima. ¿Miraf1ores? ¿La Victoria? ¿San Isidro? ¿Callao? ¿A dónde Esteban, a dónde? Su tío había mencionado el lugar y era la primera vez que Esteban lo oía nombrar. Debe ser algún barrio nuevo pensó. Tomaron un auto y cruzaron calles y más calles. Todas diferentes pero cosa curiosa, todas parecidas también El auto los dejó al pie de un cerro. Casas junto al cerro, casas en mitad del cerro, casas en la cumbre del cerro. Habían subido y una vez arriba junto a la choza que había levantado su tío Esteban contempló a la bestia de un millón de cabezas. La “cosa” se extendía y se desparramaba, cubriendo la tierra de casas, calles, techos, edificios. Más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces Esteban había levantado los ojos, y se había sentido tan encima de todo -o tan abajo, quizá- que había pensado que estaba en el barrio de Junto al Cielo.
-Oye, ¿quisieras entrar en algún negocio, conmigo? Pedro se había detenido y lo contemplaba, esperando respuesta.
-¿Yo...? -titubeando preguntó:
-¿Qué clase de negocios? ¿Tendrían otro billete mañana?
-¡Claro que sí, por supuesto? -afirmó resueltamente.
La mano de Esteban acarició el billete y pensó que podría tener otro billete más, y otro más y muchos más. Muchísimos billetes más, seguramente. Entonces el "diez años" sería esa meta que siempre habían soñado. -¿Qué clase de negocios se puede, ah? -preguntó Esteban. Pedro sonrió y explicó:
-Negocios hay muchos... Podríamos comprar periódicos v venderlos por Lima: podríamos comprar revistas, chistes... -hizo una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo, entusiasmado:
-Mira, compramos diez soles de revistas y las vendemos ahora mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, palabra.
-¿Quince soles?
-¡Claro, quince soles! ¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para mí! ¿Qué te parece? Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora; convinieron en que Esteban no diría nada, ni a su madre ni a su tío; convinieron en que venderían revistas y que de la libra de Esteban, saldrían muchísimas otras. Esteban había almorzado apresuradamente y le había vuelto a pedir permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su tío no almorzaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, completamente gratis, como había recalcado al explicar su situación. Esteban bajó por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de la carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en la mañana, el billete de diez, soles. Al poco rato apareció Pedro y empezaron a caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un millón de cabezas. -Vas a ver qué fácil es vender revistas, Esteban. Las ponemos en cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compran para sus hijos. Y si queremos, nos ponemos a gritar en la calle el nombre de las revistas, y así vienen más rápido... ¡Y vas a ver qué bueno es hacer negocios...-¿Queda muy lejos el sitio? -preguntó Esteban, al ver que las calles seguían alargándose casi hasta el infinito. Qué lejos había quedado Tarma, qué lejos había quedado todo lo que hasta hacía unos días había sido habitual para él. -No, ya no. Ahora estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando hasta el centro. -¿Cuánto cuesta el tranvía?
-¡Nada, hombre! -y se rió de buena gana- Lo tomamos no más y le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza San Martín. Más y más cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros increíblemente nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios dónde.-¿Adónde va toda esa gente en auto? Pedro sonrió y observó a Esteban. Pero, ¿a dónde iban realmente? Pedro no halló ninguna respuesta satisfactoria y se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Más y más cuadras, Al fin terminó la calle y llegaron a una especie de parque.-¡Corre! -le gritó Pedro, de súbito, El tranvía comenzaba a ponerse en marcha. Corrieron. Cruzaron en dos saltos la pista y se encaramaron al estribo. Una vez arriba se miraron sonrientes. Esteban empezó a perder el temor y llegó a la conclusión de que seguía siendo el centro de todo. La bestia de un millón de cabezas no era tan espantosa como había soñado, y ya no le importó estar siempre, aquí o allá en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia. Parecía que el tranvía se había detenido definitivamente, esta vez, después de una serie de paradas. Todo el mundo se había levantado de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.
-Vamos, ¿qué esperas? -¿Aquí es? -Claro, baja.
Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel de cemento de la bestia. Esteban veía más gente y las veía marchar -sabe Dios dónde- con más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban tranquilos, suaves, con gusto como la gente de Tarma? -Después volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender las revistas.
-Bueno -asintió Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo importante era vender las revistas, y que la libra se convertiría en varias más. Eso era lo importante. -¿Tú tampoco tienes papá? -le preguntó Pedro, mientas doblaban hacia una calle por la que pasaban los rieles del tranvía. -No, no tengo... -y bajó la cabeza,  entristecido. Luego de un momento, Esteban preguntó:-¿Y tú? -Tampoco, ni papá ni mamá. -Pedro se encogió de hombros y apresuró el paso. Después inquirió descuidadamente:
-¿Y al que le dices "tío"? -Ah... Él vive con mi mamá, ha venido a Lima de chofer... –calló, pero enseguida dijo: -Mi papá murió cuando yo era chico...
-¡Ah, caray...! ¿Y tú "tío", que tal te trata? -Bien: no se mete conmigo para nada. -¡Ah! Habían llegado al lugar. Tras un portón se veían un patio más o menos grande, puertas, ventanas, y dos letreros que anunciaban revistas al por mayor.-Ven, entra- le ordenó Pedro.
Esteban entró. Desde el piso hasta el techo había revistas, y algunos chicos como ellos, dos mujeres y un hombre, seleccionaban sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas.-Paga. Esteban vaciló un momento. Desprenderse del billete anaranjado era más desagradable de lo que había supuesto. Se estaba bien teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces fuera necesario. -Paga- repitió Pedro, mostrándole las revistas a un hombre gordo que controlaba la venta. -¿Es justo una libra?-Sí, justo. Diez revistas a un sol cada una. Oprimió el billete con desesperación pero al fin terminó por extraerlo del bolsillo. Pedro se lo quitó rápidamente de la mano y lo entregó al hombre. -Vamos -dijo jalándolo. Se instalaron en la Plaza San Martín y alinearon las diez revistas en uno de los muros que circunda el jardín. Revistas, revistas, revistas señor, revistas señora, revistas, revistas. Cada vez que una de las revistas desaparecía con un comprador, Esteban suspiraba aliviado. Quedaban seis revistas y pronto de seguir así las cosas, no habría de quedar ninguna.-¿Qué te parece, ah? -preguntó Pedro, sonriendo con orgullo.-Está bueno, está bueno... -y se sintió enormemente agradecido a su amigo y socio. Revistas, revistas. ¿No quiere un chiste, señor? El hombre se detuvo y examinó las carátulas. ¿Cuánto? Un sol cincuenta, no más... La mano del hombre quedó indecisa sobre dos revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió. Cóbrate y las monedas cayeron, tintineantes al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a observar, meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa era soñar allá en Tarma, con una bestia de un millón de cabezas, y otra era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo y paladeando con fruición la vida.
El era el socio capitalista y el negocio marchaba estupendamente bien. Revistas, revistas, gritaba el socio industrial, y otra revista más que desaparecía en manos impacientes. ¡Apúrate con el vuelto!, exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba aprisa, rápidamente. ¿A dónde van que se apuran tanto?, pensaba Esteban.
Bueno, bueno, la bestia era una bestia bondadosa, amigable aunque algo difícil de comprender. Eso no importaba: seguramente con el tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia que estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya no quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más, y ocho desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la bestia. Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes... Listo, ya no quedaba más que una revista y Pedro anunció que eran las cuatro y media.
-¡Caray, me muero de hambre, no he almorzado... -prorrumpió luego.
-¿No has almorzado? -No, no he almorzado... -observó a posibles compradores entre las personas que pasaban y después surgió: -¿Me podría ir a comprar un pan o un bizcocho? -Bueno-aceptó Esteban, inmediatamente. Pedro sacó un sol de su bolsillo y explicó:
-Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ¿ya?
-Sí, ya sé. -¿Ves ese cine? -preguntó Pedro señalando a uno que quedaba en la esquina. Esteban asintió-. Bueno, sigues por esa calle y a mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cómprame un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa, ¿ya Esteban?-Ya.
Recibió el sol, cruzó la pista, pasó por entre dos autos estacionados y tomó la calle que le había indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda. Entró.
-Deme un pan con jamón -pidió a la muchacha que atendía.
Sacó un pan de la vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó. Esteban puso la moneda sobre el mostrador. -Vale un sol veinte- advirtió la muchacha.
-¡Un sol veinte...! -devolvió el pan y quedó indeciso un instante. Luego decidió:-Deme un sol de piletas, entonces.
Tenía el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos. Miró a su gusto y, luego, prosiguió caminando. ¿Habría vendido Pedro la revista que le quedaba?
Más tarde, cuando regresara a Junto al Cielo, se sentiría feliz, absolutamente feliz. Pensó en ello, apresuró el paso, atravesó la calle, espero que pasaran unos automóviles y llegó a la vereda a veinte a treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se había confundido? Por qué ya Pedro no estaba en ese lugar, ni en ningún otro. Llegó al sitio preciso y nada, ni Pedro, ni revistas, ni quince soles, ni... ¿Cómo había podido perderse o desorientarse? Pero, ¿no era ahí donde habían estado vendiendo las revistas? ¿Era o no era? Miró a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había notado cuando se instalaron, hacía más de dos horas. Entonces, ¿no se había confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?
Bueno, no era necesario asustarse, pensó. Seguramente se había demorado y Pedro lo estaba buscando. Eso tenía que haber sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no había ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron quedando a sus espaldas. No, Pedro no había ido a buscar sencillo: ya estaría de regreso, de ser así. ¿Entonces...?
-Señor, ¿tiene hora? -le preguntó a un joven que pasaba.
-Sí las cinco en punto. Esteban bajó la vista, hundiéndola en la piel de la bestia y prefirió no pensar. Comprendió que de hacerla, terminaría llorando y eso no podía ser. Él ya tenía diez años, y diez años no eran ocho, ni nueve. ¡Eran diez años! -¿Tiene hora, señorita?
-Sí –sonrió y dijo con una voz linda-. Las seis y diez y se alejó presurosa.
¡Y Pedro, y los quince soles y la revista…! ¿Dónde están? Desgraciadamente no lo sabía y solo quedaba la posibilidad de esperar y seguir esperando...
-¿Tiene hora. Señor? -Un cuarto para las siete.-Gracias.
¿Entonces...? Entonces. ¿Ya Pedro no iba a regresar…? ¿Ni Pedro ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces…? Decenas de letreros luminosos se habían encendido. Letreros luminosos que se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente sobre la piel de la bestia. Y la gente caminaba con más prisa ahora. Rápido, rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse muchísimo más, apúrense más... Y Esteban permanecía inmóvil, recostado en el muro, con el paquete de galletas en la mano y con las esperanzas en el bolsillo de Pedro... Inmóvil, dominándose para no terminar en pleno llanto.
Entonces, ¿Pedro lo había engañado...? ¿Pedro, su amigo, le había robado el billete anaranjado...? ¿O no sería más bien, la bestia con un millón de cabezas la causa de todo…? Y, ¿acaso no era Pedro parte integrante de la bestia...?
Sí y no. Pero ya nada importaba. Dejó el muro, mordisqueó una galleta y desolado, se dirigió a tomar el tranvía.

lunes, 19 de marzo de 2012

El sueño del pongo de José María Arguedas


José María Arguedas (Andahuaylas, Perú, 18 de enero de 1911 - Lima, 2 de diciembre de 1969) vivió el sentir indígena; representó la sierra sureña del Perú. Como docente, traductor del quechua y estudioso del folclor supo exponer una visión endocéntrica (la que expone los sentimientos, creencias, anhelos, etc.) del mundo andino a lo que le sumó el realismo mágico en su reconocida novela Los ríos profundos.
Deseo compartir este relato El sueño del pongo en el que la relación opresor-oprimido recibirá justicia divina. No ofendas a otros si no quieres que te ofendan a ti.
El sueño del pongo de José María Arguedas
 




Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas viejas. El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia. · ¿Eres gente u otra cosa? - le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio. Humillándose, el pongo contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie. · ¡A ver! - dijo el patrón - por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parece que no son nada. ¿Llévate esta inmundicia! - ordenó al mandón de la hacienda. Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina. El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. "Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza", había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.

El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. "Sí, papacito; sí, mamacita", era cuanto solía decir. Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto, y por su ropa tan haraposa y acaso, también porque quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo. Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara. · Creo que eres perro. ¡Ladra! - le decía. El hombrecito no podía ladrar. · Ponte en cuatro patas - le ordenaba entonces- El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies. · Trota de costado, como perro - seguía ordenándole el hacendado.

El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna. El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo. · ¡Regresa! - le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor. El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado. Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón. · ¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! - mandaba el señor al cansado hombrecito. - Siéntate en dos patas; empalma las manos. Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas. Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor. · Recemos el Padrenuestro - decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila. El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie. En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda. · ¡Vete pancita! - solía ordenar, después, el patrón al pongo. Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos.

Pero... una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hobrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado. · Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte - dijo. El patrón no oyó lo que oía. · ¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? - preguntó. · Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte - repitió el pongo. · Habla... si puedes - contestó el hacendado. · Padre mío, señor mío, corazón mío - empezó a hablar el hombrecito -. Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos habíamos muerto. · ¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio - le dijo el gran patrón. · Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos. Los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco. · ¿Y después? ¡Habla! - ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad. · Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pensando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos.

Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío. ¿Y tú? · No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo. Bueno, sigue contando. · Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: "De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de chancaca más transparente". ¿Y entonces? - preguntó el patrón. Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos. · Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro. ¿Y entonces? - repitió el patrón. · "Angel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre", diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente. · Así tenía que ser - dijo el patrón, y luego preguntó: ¿Y a ti? · Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar: "Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano". ¿Y entonces? · Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. "Oye viejo - ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel -, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!". Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando... · Así mismo tenía que ser - afirmó el patrón. - ¡Continúa! ¿O todo concluye allí? · No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: "Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.
SIGNIFICADO



pongo. (Del quechua punco). m. Bol. y Perú. Indio que hace oficios de criado. 2. Bol. y Perú. Indígena que trabajaba en una finca y estaba obligado a servir al propietario, durante una semana, a cambio del permiso que este le daba para sembrar una fracción de su tierra. 3. Perú. Paso angosto y peligroso de un río.
Conoce más sobre este gran autor en http://www.librosperuanos.com/autores/jose_maria_arguedas.html

jueves, 7 de octubre de 2010

Mario Vargas LLosa logra el Premio Nobel de Literatura 2010

El Premio Nobel se entrega desde 1901 en Estocolmo, Suecia.


Como cada día, me desperté por el ruido de un estoico despertador; como cada mañana, escuché Radioprogramas, aunque ya acostumbrado a dramáticas noticias tanto electorales como sociales; sin embargo, especialmente, esta mañana han anunciado que Mario Vargas LLosa es el Premio Nobel de Literatura 2010.

Hoy, es un día para celebrar, pues esta noticia ubica la literatura peruana en el nivel más alto de reconocimiento mundial, de este modo, es totalmente merecido el reconocimiento a un autor que hasta ahora insiste en transmitir  su perspectiva de vida mediante esta arte: la literatura. Gracias a esta acción, el Perú es leído y conocido en distintos pueblos y naciones. No olvidaré mencionar la importancia que cumple su obra en la difusión y preservación de la lengua castellana; sabemos que una lengua cuya práctica disminuye estará condenada a la extinción.

Cito de forma textual lo dicho por el representante de la academia: “Por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo''.

El autor ha estado nominado varias veces y, por fin, este año ha obtenido dicho premio.
Nuestro continente recibe una vez más la atención europea y Mario Vargas Llosa se suma a ese grupo de autores galardonados, tales como   Pablo Neruda (1971), Octavio Paz (1990) y Gabriel García Márquez (1982).

Les expreso mi alegría, les extiendo mi saludo, sobre todo, a los lectores que prefieren consumir su literatura e invito a todos -desde jóvenes hasta adultos- a leer sus novelas y relatos. Personalmente, confieso que La ciudad y los perros me parece genial, no solo por la temática sino por el uso de técnicas narrativas innovadoras como los vasos comunicantes.

Sin duda, esto significa un hito en la literatura peruana y, personalmente, otra forma de iniciar el día, pues mi mañana es hoy mucho más alegre y llena de orgullo.

Enlaces recomendados:

martes, 22 de julio de 2008

Feria Internacional del Libro, FIL─LIMA 2008

LEAMOS MÁS, PARA CONOCER MÁS.

“Visite esta Feria Internacional del Libro 2008, solo o con la familia. Forme parte de la celebración de la lectura, de un verdadero acto de placer, cultura y compromiso. Usted, querido lector, se lo merece.”

Gladys Díaz Carrera Presidenta de la Cámara Peruana del Libro.

FECHA :

del 24 de julio al 3 de agosto

LUGAR:

Centro de Convenciones Jockey Plaza

HORARIOS:

Ingreso de expositores:

De lunes a jueves de 12:00 m.– 10:30 p.m.

Viernes, sábados, domingos y feriados de 10:00 a.m. – 10:30 p.m.

Ingreso del público:

De lunes a jueves de 1:00 – 10:00 p.m.

Viernes, sábados, domingos y feriados de 11:00 a.m. – 10:00 p.m.

COSTO DE ENTRADAS:

De lunes a a jueves S/.1.00 nuevo sol

Viernes, Sábados, Domingos y Feriados S/2.00 nuevos soles

http://www.filperu.com/index.php?pag=inicio

jueves, 29 de mayo de 2008

CASO BRYCE SIN EVIDENCIAS DETERMINANTES

Imagen desde http://literatambo.blogspot.com/2007/05/plagio-bryce-echenique-y-su-secretaria.html

Indecopi desestima denuncia de plagio

La Sala de Propiedad Intelectual del Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi) concluyó que el escritor Herbert Morote no presentó evidencias determinantes que demostraran que Bryce Echenique plagió su obra "Pero... ¿tiene el Perú salvación?".

Debido a la falta de pruebas contundentes, la Sala de Propiedad Intelectual de Indecopi declaró infundada la denuncia de plagio contra el reconocido escritor nacional Alfredo Bryce interpuesta por su colega Herbert Morote.

La sala informó que el denunciante le remitió los correos electrónicos que intercambió con Bryce en los que le solicita al autor de "Un mundo para Julius" su opinión sobre su creación. En ninguno de estos correos incluyó el texto original de la obra "Pero... ¿tiene el Perú salvación?", escrito por Morote.

Además, el denunciante ofreció la declaración jurada de cuatro amigos suyos, que deberían corroborar cuál era el texto original de su obra. Pero una de estas personas presentó un texto distinto al de las demás, lo que debilitó la prueba ofrecida.

La sala ha considerado que estas declaraciones juradas por sí solas no tienen valor suficiente, pues son diferentes y, por lo tanto, no representan un elemento determinante. Fuente El Comercio

martes, 12 de febrero de 2008

Premio a la Libertad para Vargas Llosa

El escritor peruano Mario Vargas Llosa recibirá este año el Premio a la Libertad de la Fundación Friedrich Naumann, por su obra literaria y por su compromiso con los valores liberales y con la búsqueda de más derechos civiles en Latinoamérica. Así lo anunció hoy el jurado del premio, que será entregado el 8 de noviembre en la iglesia de San Pablo en Fráncfort. "En su trabajo literario, en su compromiso político y en su actitud personal, Vargas Llosa se ha convertido en una voz de la libertad en su continente y en todo el mundo", dice el comunicado del jurado. El premio se otorga cada dos años a personalidades que se hayan destacado por dar impulsos a una sociedad civil más liberal. El último ganador del premio fue el ex-ministro alemán de Asuntos Exteriores Hans-Dietrich Genscher. La Fundación Friedrich Naumann es una fundación política cercana al Partido Liberal alemán.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Ribeyro, un cuento para interpretar

Saludos a todos
Quiero compartir un excelente cuento de Ribeyro con ustedes, el cual coincide con el análisis de mi vida laboral y con lo que he decidido: renunciar a la organización en la que trabajo hace cuatro años, pues sólo dictaré clases hasta hoy. Lean por favor.
Julio Ramón Ribeyro
LA INSIGNIA
Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: "Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo".
Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla. Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librería. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones cuando el patrón, que desde hacía rato me observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: "Aquí tenemos libros de Feifer". Yo lo quedé mirando intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: "Feifer estuvo en Pilsen". Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: "Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga". Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un libro de mecánica salí, desconcertado, del negocio.
-- Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos extraños que merodeaban y que, por una coincidencia que me sorprendió, tenían una insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas especulaciones filosóficas, y a unas disgresiones sobre el cultivo de la remolacha fue aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.
Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron a retirarse, comentando entusiasmados el buen éxito de la charla. Yo, por condescendencia, sumé mis elogios a los suyos, mas, en el momento en que me disponía a cruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con una interjección, y al volverme me hizo una seña para que me acercara. - Es usted nuevo, ¿verdad? -me interrogó, un poco desconfiado. - Sí -respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido identificarme entre tanta concurrencia-. Tengo poco tiempo. - ¿Y quién lo introdujo? Me acordé de la librería, con gran suerte de mi parte. -Estaba en la librería de la calle Amargura, cuando el... - ¿Quién? ¿Martín? - Sí, Martín. -!Ah, es un colaborador nuestro! - Yo soy un viejo cliente suyo. - ¿Y de qué hablaron? -Bueno... de Feifer. -¿Qué le dijo? -Que había estado en Pilsen. En verdad... yo no lo sabía -¿No lo sabía? - No -repliqué con la mayor tranquilidad. - ¿Y no sabía tampoco que lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga? - Eso también me lo dijo. -!Ah, fue una cosa espantosa para nosotros! -En efecto -confirmé- Fue una pérdida irreparable. Mantuvimos una charla ambigua y ocasional, llena de confidencias imprevistas y de alusiones superficiales, como la que sostienen dos personas extrañas que viajan accidentalmente en el mismo asiento de un ómnibus. Recuerdo que mientras yo me afanaba en describirle mi operación de las amígdalas, él, con grandes gestos, proclamaba la belleza de los paisajes nórdicos. Por fin, antes de retirarme, me dio un encargo que no dejó de llamarme la atención . -Tráigame en la próxima semana -dijo- una lista de todos los teléfonos que empiecen con 38. Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista. -!Admirable! -exclamó- Trabaja usted con rapidez ejemplar.
--
Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que ni más volví a ver. Más tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal. Recuerdo que también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un mono en gestos parlamentarios, y aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastro.
De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango. "Ha ascendido usted un grado", me dijo el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve alocución, en la que me referí en térmios vagos a nuestra tarea común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.
En mi casa, sin embargo, la situación era confusa. No comprendían mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, y las veces que me interrogaron evadí las respuestas poque, en realidad, no encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron, incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo haberlos intrigado mucho un día que me sorprendieron fabricando una gruesa de bigotes postizos pues había recibido dicho encargo de mi jefe.
Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía que ni yo mismo podría explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo en el seno de la organización aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.
A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y en los hoteles me obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades, aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales a nuestra agrupación y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando ingresé a la librería de Martín.
--
Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo le llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la cábala.
(Lima, 1952)

jueves, 20 de diciembre de 2007

Gian Marco presentó su primer libro La madera del alma

Se trata de esa parte suya que talla constantemente. De esa parte que sólo él conoce y que casi no comparte. Hasta ahora. “Hay partes de mi vida que el público conoce por mí mismo, otras de las que se ha encargado el periodismo. Pero hay otras que nadie conoce y que no comparto. Esta es la esencia de mi libro”, confiesa.
En realidad el cantante peruano empezó a escribir para sí hace unos diez años. No sabía si esos escritos se convertirían en alguna canción pero igual los guardó. Algunos físicamente y otros en la caja fuerte de los recuerdos y los sentimientos. Pero hace un año se cruzó con el editor Sergio Vilela y en una de esas conversaciones relativas a la inspiración, salió a la luz la intención de escribir un libro.
“No soy una persona que haya leído tanto como para pensar que lo natural era convertirme en escritor pero tenía las ganas. Felizmente Sergio no me desanimó sino todo lo contrario. Y hace un año empezamos a trabajar en serio. Luego tuve la suerte de consultar mis escritos con personalidades de la literatura nacional quienes también me dieron luz verde. Tengo una gran sensación porque es un libro que se ha hecho con seriedad, con respeto, no es autobiográfico sino que es un texto de relatos dividido en dos partes y de hecho no es un libro para niños”, señala.
Emotivo como siempre, Gian Marco refiere que en la página 47 de La madera del alma figura una Carta al cielo, dirigida a su padre Joe Da Nova. “La escribí en un avión. Como estaba tan arriba pensé que estaba en la zona de influencia”, dice medio en broma que no puede ocultar la nostalgia por el ausente.
La madera del alma, de 122 páginas y en Editorial Planeta, sale a la venta a partir de hoy a S/.25.00 y se puede adquirir en librerías, supermercados y quioscos. El tiraje inicial es de 5,000 ejemplares. “Creo que debo tener al menos 5,000 fans o sea que la edición se agotará (bromea otra vez). De lo que sí estoy seguro es que insistiré en mi faceta de escritor. Lo que no sé es en qué género. Hace algunos años empecé a escribir El violín de Rocío. Inicialmente iba a ser una novela pero ahora ya no sé si lo llegará a ser o se convertirá en parte de otro libro”, revela al final el autor de este libro que lleva como subtítulo Relatos para escuchar en silencio.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Leamos poesía

Cómo puedes amanecer con esa sonrisa y decir: buenos días
si muchos no amanecieron
Cómo puedes desayunar o hacer dieta,
si muchos no tienen qué comer
Cómo puedes pensar en tu físico ,tus piernas, tu piel,
si muchos son inválidos o un accidente sufrieron
Cómo puedes pensar en cosas suntuarias,
si muchos no tienen ni para las necesidades básicas
Cómo puedes decir: paz hermanos,
si apoyas a tu país en su carrera armamentista
Cómo puedes pensar en triunfar,
si tu hermano cae pidiendo caridad, ¿ y tú?
Cómo puedes pedir ayuda , si tú nunca la diste
Cómo puedes pedir amor y querer darlo,
si nunca lo sentiste y ni siquiera sabes lo que es
Cómo puedes vivir y querer seguir haciéndolo,
si matan a otros y a ti no te importa.
KILLAC HUARMY
Agradezco la confianza de esta joven poeta, Killac Huarmy, por haberme enviado su poesía para ser publicada en mi humilde blog.
Este poema nos permite reflexionar sobre aquello que pedimos y cuánto damos de sí, el cómo estamos viviendo.
Le expreso mi saludo y la aliento a que siga escribiendo.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Pablo Guevara, poemario inédito

Con ocasión de recordar el primer año de la partida de Pablo Guevara, así como los 50 años de la publicación de su primer poemario Retorno de la Creatura (1957), este viernes 16 de noviembre será presentado el poemario inédito del vate, titulado Hacia el final, en el Instituto Raúl Porras Barrenechea.La publicación póstuma de Pablo Guevara fue escrita como un personalísimo homenaje del poeta a su colega norteamericano Ezra Pound, y junto a "Totalidad e infinito" -título del otro libro- forma parte del evento organizado por iniciativa de su familia y la poeta Gladys Flores, quienes desean que la memoria de Guevara permanezca en el imaginario de las nuevas generaciones. "Totalidad e infinito" es un texto que recoge las múltiples facetas escriturales y artísticas de Pablo, entre ellas la de crítico, cronista y cineasta. Este libro, que además reúne testimonios de poetas de distintas generaciones, presenta también algunas aproximaciones críticas a su poesía. Por otro lado, "Hacia el final" es un poemario inédito que dejó terminado Pablo. “Gracias a la generosidad y confianza de su esposa Hanne, pudimos editar, junto con José Farje, el poemario completo como un número homenaje de nuestra revista de poesía "Homúnculus", afirma la poeta y editora Gladis Flores, encargada de la presentación del libro homenaje, junto a Marco Martos y Jaime Urco.
Comentarán el inédito "Hacia el final", Carlos López Degregori, Rubén Quiroz y José Farje. La cita es el viernes 16 a las 7 p.m. en el Instituto Raúl Porras Barrenechea (calle Colina 398, Miraflores).

martes, 13 de noviembre de 2007

Baudelaire,una poesía homenajeada

Por el primer aniversario de sala de Humanidades, BIBLIOTECA NACIONAL INAUGURA CICLO DE HOMENAJES LITERARIOS

Para celebrar el primer año de funcionamiento de la sala de Humanidades de la Biblioteca Nacional del Perú (BNP), se ha programado un nutrido ciclo de actividades, denominado “Efemérides 2007”, que incluye conferencias de acceso libre y exposiciones bibliográficas de las obras más relevantes de la literatura mundial, con los cuales se rendirá homenaje a consagrados literatos e intelectuales.
La sala de Humanidades es un servicio público de lectura, que abrió sus puertas en diciembre de 2006 en la sede San Borja de la BNP, con el objetivo de poner a disposición de los usuarios más de 60 mil títulos, que conforman lo más selecto y destacado del pensamiento universal, desde fines del siglo XIX hasta la actualidad.
El ciclo de homenaje a literatos se inaugurará el jueves 15 de noviembre, a las 19:00 hrs., en el Auditorio Juan Mejía Baca de la BNP, Av. De la Poesía 160 San Borja, con la conferencia “Homenaje a Charles Baudelaire y su obra”. En esta ocasión se recordará al poeta francés, al conmemorarse 150 años de la publicación de su obra cumbre, la compilación poética “Las flores del mal”. Según investigadores del tema, ese libro constituye una rebelde proclamación de rabia contenida y su autor calificó a su obra como "una belleza siniestra y fría que se ha hecho con furor y con paciencia".

La ponencia correrá a cargo de la novelista Sophie Canal–Giordano y comentará sobre la relevancia y actualidad de la obra poética de Baudelaire el periodista Kenneth O'Brien, quien ha publicado algunos poemarios y fue organizador de los recordados ciclos “En el Fondo Poesía”. Ese mismo día, se realizará en la Sala de Humanidades una exhibición de libros que fueron escritos por ese renombrado poeta, considerado el fundador de la poesía moderna y uno de los máximos exponentes del llamado movimiento simbolista del siglo XIX. Su obra, considerada por los académicos como exquisita, profunda y a veces cruel, es poseedora de un estilo puro, sólido y de sutil imaginación, que se encuentra en la confluencia de la filosofía y la poesía. Renombrados autores, como Jean Paul Sartre en su breve ensayo Baudelaire, resaltaron la relevancia de los textos de ese autor en el pensamiento contemporáneo y reivindican su discurso crítico frente a la modernidad.