martes, 29 de abril de 2008

Padre abusa sexualmente de su hija por 24 años y le causa siete hijos

Las monstruosidades más inimaginables para el ser humano quedaron ocultas durante 24 años en el hogar de Josef Fritzl. Este técnico electricista jubilado, de 73 años, confesó ayer a la policía que durante todo ese tiempo mantuvo encerrada en el sótano de su casa a su hija Elisabeth a la que violó y golpeó sistemáticamente desde los once años. "Durante 24 años ha llevado una doble vida perfecta. Ha engañado a todo el mundo", dijo ayer Franz Prucher, responsable de la seguridad pública de Baja Austria. Según el relato de Prucher, Fritzl tuvo siete hijos con su esposa Rosemary (madre de Elisabeth) y siete con su hija Elisabeth.

Uno de los hijos fruto del incesto, murió en 1996 al poco de nacer. Fritzl se deshizo del cadáver quemándolo en la caldera de la calefacción de la casa. Los demás niños nacidos del incesto corrieron distinta suerte. Tres de ellos (de 10 a 15 años) fueron traslados por Fritzl a la casa familiar e integrados como si fueran nietos y luego hijos adoptivos. Los otros tres (de 5, 18 y 19 años) permanecieron toda su vida bajo tierra hasta ser liberados hace pocos días.

Para que el cautiverio permaneciera oculto, Fritzl se inventó una quimera. Hizo creer a todos, también a la policía y a otras instituciones austriacas, que su hija Elisabeth, que hoy tiene 42 años, se había fugado para vivir en una secta, y que de vez en cuando abandonaba a sus hijos en la puerta del hogar de los abuelos.

Siempre aparecían los bebés acompañados de una carta que él obligaba a escribir a su hija, en la que Elisabeth decía: "Lo lamento, donde estoy no puedo quedarme con ellos". La policía explicó que Fritzl siempre aplicó el mismo truco. Lo intentó por última vez, pero sin éxito, el pasado 19 de abril. Su hija y nieta Kerstin, de 19 años, que siempre estuvo en el encierro, enfermó de gravedad. Su madre, Elisabeth, suplicó a su raptor que la llevara al médico. Fritzl explicó en la clínica que su nieta había sido abandonada en estado inconsciente por su madre fugitiva. Pero el equipo médico, que hoy lucha por salvar la vida de la joven, denunció el caso y la televisión local lanzó una llamada para buscar a la madre de Kerstin.

Elisabeth, que disponía de un televisor como único contacto con el mundo exterior, captó la alerta. Pidió a su padre que la dejara contribuir a salvar la vida de Kerstin. Padre, hija y dos de sus niños fueron al hospital. Una vez más, Josef Fritzl hizo creer a su esposa que la ingrata de Elisabeth había reaparecido repentinamente. La Policía esta vez no se lo creyó.

El número 40 de la Ybbstrase muestra un color indefinido entre el gris y el turquesa. En la puerta, una etiqueta en un buzón indica que aquí está el domicilio de la familia Fritzl. Como el resto de los vecinos y como la joven Sabine, cajera en el supermercado de la esquina, Hilde creyó hasta el domingo que Elisabeth había dejado el hogar en 1984. Contaba Fritzl que la adolescente díscola había ingresado en una secta para no volver.

Mostraba cartas manuscritas de Elisabeth, en las que ésta pedía que cuidara a los niños. Están escolarizados, participan en actividades sociales y obtienen buenas notas en la escuela. La vecina Hilde admiraba por eso al matrimonio, que cuidaba a sus nietos con total dedicación y altruismo. El viejo Josef pasaba por un hombre recto y amigo del orden. Sus vecinos sólo se quejaban a veces del olor que producía la caldera en la que quemaba los desperdicios producidos por sus prisioneros. La misma en la que quemó los despojos de su hijo-nieto, muerto al poco de nacer en 1996. Con la policía no tenía mayor conflicto que el causado por sus reproches. Les acusaba de no esforzarse en encontrar a su hija perdida. Ahora, el jubilado dice que lo siente por su familia.

Todos sus miembros están desde el domingo en tratamiento psiquiátrico. Los tres niños que crecieron privados de sol en el sótano del número 40 de la Ybbsstrase tienen serios problemas cutáneos y oftalmológicos. Según el regidor de Amstetten Heinz Lenze, Elisabeth tiene a los 42 años todo el pelo blanco y la cara cenicienta. Su expresión, según Lenze, expresa el horror sufrido estos últimos 24 años.

Ahora quedan aún cabos por atar. ¿La señora Fritzl no sospechaba nada? ¿Por qué nunca bajaba al sótano, lo tenía prohibido? ¿No se oían los gritos de las palizas y de los partos, los llantos de los niños? Intriga también cómo este hombre pudo abastecer todo el tiempo a sus prisioneros. En busca de testigos que puedan facilitar información, se ha publicado por primera vez la foto de Fritzl, un individuo al que Prucher calificó de un hombre de aspecto "dinámico, prepotente y autoritario". La sociedad austriaca se pregunta, como muchos vecinos, cómo este horror fue posible en la civilizada república. Sabine miraba ayer hacia los bajos de la casa y comentaba: "la de veces que habré pasado yo por delante...".

2 comentarios:

Mario Abanto Quevedo dijo...

Horribe, parece un guión gore. Este tipo no merece la cárcel, le conviene mejor un internamiento de por vida en un sanatorio.

Anónimo dijo...

como es posible q exista alguien asi la verdad q ese hombre debe tener el peor de los castigos ,hasta verguenza de vivir deberia tener ES UN ASCO